(Javier Yanes para Agencia SINC]: En 1919 el astrónomo Arthur Eddington aprovechó un eclipse solar total para tomar mediciones que confirmaron una de las predicciones de la teoría de la relatividad de Albert Einstein: que las grandes masas como la del Sol eran capaces de curvar la luz. La repercusión mundial de aquel episodio cambió la historia de la ciencia.
Ello ocurrió un 29 de mayo de 1919, fecha en la que tuvo lugar un eclipse total de sol. Los eclipses solares han acompañado a la humanidad desde siempre, pasando con el transcurrir de los siglos desde la magia y la superstición al conocimiento científico. En el pasado algunos eclipsese han ganado notoriedad histórica, como el registrado por escrito, en 1223 a.C. en Ugarit (Siria); el que recogió el libro bíblico de Josué en 1207 a.C.; el que predijo Tales de Mileto en 585 a.C.; el que sirvió a Hiparco de Nicea para calcular la distancia de la Tierra a la Luna en el 129 a.C.; o el que en 1868 permitió a Jules Janssen descubrir el helio solar.
Los eclipses inspiraron leyendas mitos y también a algunos científicos que los utilizaron para hacer demostraciones, siendo el de 1919 el más importante del siglo XX, porque sirvió para demostrar la curvatura de la luz por efecto de la masa.
En la década de 1910, Albert Einstein (1879-1955), ya con más de 30 años, había alcanzado renombre y prestigio. Su reputación se había cimentado en 1905 con la publicación de cuatro estudios en la revista Annalen der Physik, los que versaban sobre el efecto fotoeléctrico, el movimiento browniano (movimiento aleatorio de partículas, la relatividad especial y su consecuencia en forma de la muy conocida ecuación de equivalencia entre masa y energía, E = mc2.
Los cuatro trabajos sentaban fundamentos de la física moderna en sus campos respectivos y formaban así un conjunto de contribuciones importantes, que provocó que su autor fuese nominado al Premio Nobel de Física (que lo recibiría en 1921, por el efecto fotoeléctrico).
La luz curvada: Einstein planteaba el universo como un tejido espacio-temporal de cuatro dimensiones (tres espaciales y el tiempo) que se deformaba por causa de las masas, explicando la acción a distancia de la gravedad. En su estudio de 1911 “Sobre la influencia de la gravedad en la propagación de la luz” predecía que las grandes masas curvarían la trayectoria de los rayos de luz. Isaac Newton (1466-1727) ya había sugerido este efecto, aunque sin poder esclarecer una acción a distancia que siempre le desconcertó. El inglés John Mitchell (1724-1793), el francés Pierre-Simon Laplace (1749-1827) o el alemán Johann Georg von Soldner (1776-1833) también habían intuido la curvatura de la luz.
¿Cómo demostrar este fenómeno? En 1911, Einstein había sugerido un modo de hacerlo: ver si el camino aparente de la luz de las estrellas se doblaba cuando las estrellas que emitían esa luz estaban (desde un punto de vista relativo al observador) cerca del Sol. Es decir, si las estrellas en las proximidades del disco solar aparecían desplazadas respecto a su posición esperada. Pero dado que la luz del sol impide ver las estrellas, solo era factible en una ocasión especial: durante un eclipse solar total.

Albert Einstein
El primero en intentar esta comprobación fue un colaborador de Einstein, el astrónomo alemán Erwin Finlay-Freundlich (1885-1964). En 1914 lideró una expedición a Rusia para presenciar un eclipse total de sol, con tan mala suerte que algo excepcional se lo impidió: el estallido de la Primera Guerra Mundial. Freundlich fue apresado y liberado después en un intercambio de prisioneros. Otro miembro de la partida, el estadounidense William Wallace Campbell (1862-1938), siguió adelante con el intento, pero este resultó finalmente frustrado por un cielo encapotado.
Durante la guerra, los trabajos de Einstein pudieron salir de Alemania de forma clandestina a través de los neutrales Países Bajos. Y una vez en Gran Bretaña, llegaron a manos del astrónomo Arthur Eddington (1882-1944). Algunos decían que Eddington era una de las pocas personas en Reino Unido que entendía la teoría de Einstein, quizá la única y se había convertido en el principal defensor de la teoría general de la relatividad en Reino Unido; siempre que podía, hablaba de ella a sus colegas, los astrónomos británicos.

Arthur Stanley Eddington
La oportunidad anhelada por Eddington de someter la teoría al test del eclipse llegó gracias al empuje de Frank Dyson (1868-1939), el astrónomo real de Reino Unido. Dyson se percató de que el eclipse previsto para 1919 sería perfecto para este propósito, ya que iba a ser uno de los más largos del siglo XX, con la esfera solar cerca de un grupo muy nutrido de estrellas. Dyson propuso sendas expediciones a dos lugares distantes donde el eclipse fuese total, una doble cobertura que aumentaría las opciones de un cielo claro.
Eddington y Edwin Cottingham (1869-1940) viajaron a la isla de Príncipe, frente a la costa de Guinea Ecuatorial al oeste de África, mientras que Andrew Crommelin (1865-1939) y Charles Davidson (1875-1970) partían hacia Sobral, en Brasil.
Cowen añade que Eddington tenía otra motivación personal: Como cuáquero, le horrorizaba la guerra y veía la expedición en la que astrónomos británicos testarían la teoría de un científico alemán después de la Primera Guerra Mundial como una manera de cicatrizar las heridas.
Aquel 29 de mayo el mal tiempo amenazó el éxito de Eddington y Cottingham, pero a la postre ambas expediciones cumplieron su objetivo, captando imágenes que permitieron medir las posiciones reales y aparentes de unas 13 estrellas en la constelación de Tauro. Meses después, el 6 de noviembre, los resultados se presentaron ante una expectante audiencia conjunta de la Royal Society y la Royal Astronomical Society. El veredicto fue inequívoco: la gravedad del Sol desviaba la luz. Einstein estaba en lo cierto, y la teoría general de la relatividad había aprobado su primer gran examen.
En décadas posteriores el modelo de Einstein ha superado con éxito otras pruebas. Pero las implicaciones de aquella verificación inicial llegaron infinitamente más allá de un resultado científico. La validación de la gravedad de Einstein derrocaba el sistema newtoniano que había permanecido vigente durante más de 230 años y desvelaba el enigma de la acción a distancia de esta fuerza de atracción.
Al día siguiente de la reunión, el diario londinense The Times le concedió la resonancia debida con un impactante titular: “Revolución en la ciencia / Nueva teoría del universo / Las ideas newtonianas, derribadas”. El texto citaba al presidente de la Royal Society, Joseph John Thomson, quien valoró el hallazgo como “uno de los pronunciamientos más trascendentales, si no el más trascendental, del pensamiento humano”. La noticia disparó una reacción en cadena alrededor del globo: tres días después, al otro lado del Atlántico, The New York Times titulaba: “La luz doblada en el cielo / La teoría de Einstein triunfa”.
De la noche a la mañana, Einstein se había convertido en la primera superestrella de la ciencia. Con motivo del centenario del eclipse en 2019, la revista Smithsonian Magazine recordaba que el físico pasó a ser un ídolo de masas como no ha ocurrido con ningún otro científico: en Berlín, el público se agolpaba en sus clases. Él mismo contaba a un amigo en 1920 que “cada cochero o camarero” discutía si la teoría de la relatividad era correcta. Y cuando en 1921 llegó a Nueva Jersey a bordo del buque Rotterdam, pequeños barcos cargados de periodistas lo escoltaron a puerto, donde 5000 personas lo eperaban.
Todo ello a pesar de que, según The Times, “nadie aún había conseguido expresar en lenguaje claro lo que realmente era la teoría de Einstein”. The New York Times iba mucho más allá al aseverar que el trabajo del alemán era “un libro para 12 hombres sabios”, ya que “no más en todo el mundo podrían comprenderlo”, atribuyendo esta afirmación al propio Einstein. Tal vez exagerar el hermetismo del trabajo del físico pudo alimentar su leyenda, impulsada por un gran divulgador de su tiempo como era Eddington. En gran medida, él fue el hombre que inventó a Einstein. O, al menos, al Einstein inmortal.
| Javier Yanes Doctor en Bioquímica y Biología Molecular especializado en Inmunología, periodista de ciencia y autor de varias novelas. |




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