[SEPA] Leopoldo Lugones (1874-1938), fue un escritor argentino nacido en la pequeña localidad de Villa de María del Río Seco ubicada al norte de la Provincia argentina de Córdoba. Su vida constituye, por sí misma, casi una novela gótica llena de misterios, que devino en tragedia. Considerado en su tiempo el más destacado intelectual de su generación fue un digno heredero de una tradición literaria antes engalanada por el polémico Domingo Faustino Sarmiento [brillante intelectual, político y presidente argentino de grandes luces y oscuras sombras], Paul Groussac y Amadeo Jaques, entre varios y luego continuada por Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea y tantos otros. Su obra refleja la variedad y profundidad de su erudición, que discurre por la novela, el cuento, el ensayo, la poesía y el panfleto político. Sin embargo, su personalidad fue problemática y vacilante, lo que se evidencia en sus devaneos políticos, religiosos e ideológicos que lo llevaron a participar de centros ateos, anarquistas, socialistas, liberales, conservadores, religiosos y finalmente fascistas a la par de oponerse al antisemitismo tan en boga en su época; ello sin perjuicio de haber integrado la Sociedad Teosófica y la Masonería, además de mostrar un marcado interés por el ocultismo y de cartearse de manera personal con Albert Einstein, intercambiando sus diferentes puntos de vista sobre distintas cuestiones y a quien llegó a invitar y traer a la Argentina.

Leopoldo Lugones
Cuando su familia se mudó a la mediterránea e importante ciudad de Córdoba, capital de la Provincia homónima, ingresó al centenario Colegio Montserrat, donde cursó parte de la secundaria, estudios que nunca llegó a concluir transformándose en un autodidacta brillante que llegó a discurrir entre las matemáticas, la física y el desciframiento de jeroglíficos egipcios. Posteriormente se trasladó a Buenos Aires, ya casado y con un único hijo quien de grande fue el tristemente célebre Leopoldo “Polo” Lugones (h), inventor de la «picana eléctrica» (instrumento diabólico usado hasta la fecha en todo el mundo para lograr declaraciones bajo amenaza y/o flagelo corporal). En la década del ’30 del siglo XX, Polo Lugones fue nombrado Comisario Inspector de la Policía, durante la primera dictadura militar de ese siglo perpetrada en 1930 por el Gral. José Félix Uriburo, quien derrocó al primer Presidente elegido con voto secreto, obligatorio y casi universal (todavía no estaban incorporadas las mujeres, lo que recién ocurrió con Juan Domingo Perón en 1952): nos estamos refiriendo a Don Hipólito Yrigoyen (que pertenecía al Partido Radical). Antes de la creación de su nefasto invento a Polo Lugones le precedió el espeluznante hecho de haber sido acusado de abusar de menores que estaban a su cuidado, delitos por los que nunca fue juzgado; se conjeturó en su momento que el escritor intercedió frente funcionarios lábiles del entonces Presidente Constitucional Hipólito Yrigoyen, ya debilitado por la vejez y (según se publicó en la época por la prensa opositora), rodeado de una camarilla decadente que le ocultaba la realidad.
Quienes conocieron al escritor en sus devaneos socialistas, anarquistas y ocultistas, se preguntan en qué momento su mente colapsó o pactó con el mal o qué razones lo llevaron al extravío que lo impulsó a ser uno de los ideólogos del nefasto derrocamiento del Gobierno Constitucional de Yrigoyen, cuando llegó a publicar un panfleto político bajo el título «La hora de la Espada», transformado en un pensador colérico y ultra conservador. Cualquiera fuere la respuesta, sus propias decisiones lo llevaron a tener un trágico final. El extraordinario autodidacta que exploró el más amplio arco del pensamiento que uno pudiera imaginarse, adquiriendo una erudición formidable en humanidades ciencias, lenguas muertas, etc., habiendo viajado por el mundo como diplomático y ya consagrado como un escritor universal cuyas fuentes constituyen todas las tradiciones culturales del mundo; decidió por sí mismo poner fin a su vida. Como escritor, es considerado el predecesor de la literatura de Jorge Luis Borges, quien luego sería (al igual que Lugones), Director de la Biblioteca Nacional.
Quienes crean en la ley del karma, podrán adjudicarle a ésta lo que le deparó el destino a la familia Lugones. Cuando el escritor se enteró que su mejor amigo -el escritor uruguayo Horacio Quiroga– se quitó la vida bebiendo un vaso con cianuro en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires la madrugada del 19 de febrero de 1937; se enojó tanto, que tuvo un comentario despectivo acusándolo de haber elegido “la muerte de las sirvientas”.
A pesar del intenso impulso conservador y ultra católico que lo dominó en sus últimos años, el destino le jugó una mala pasada y se enamoró perdidamente de una hermosa joven mucho menor que él, quien lo cautivó mientras daba conferencias en la Universidad de Buenos Aires. Descubierto por los servicios de inteligencia que había instaurado su propio hijo, éste lo amenazó con destruir a la joven y su familia no sólo en su reputación, sino si fuera necesario, de cualquier otra forma. No tuvo más remedio que renunciar a ella. Finalmente esta circunstancia lo llevó a la depresión y al suicidio, ocurrido exactamente un año después que el de su amigo Horacio Quiroga, a la misma hora y de la misma forma: una madrugada del 19 de febrero de 1938 se levantó para beber… un vaso de cianuro.
La tragedia siguió acompañando a la descendencia de Leopoldo Lugones. La hija de Polo y nieta del escritor; que había heredado los dones poéticos y narrativos de su abuelo y que fue escritora, periodista, editora y traductora, renegó de las ideas de su padre y decidió militar en el Peronismo de la resistencia durante la proscripción del movimiento peronista, primero lo hizo en las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y luego en Montoneros, ambos grupos guerrilleros que integraban el complejo universo peronista de aquellos años. Quiso también el destino que Susana Lugones Aguirre (hija de un torturador y nieta del gran poeta por parte de padre y del gran músico Julián Aguirre por parte de madre); apodada Pirí Lugones; fuera secuestrada y torturada por la dictadura instaurada entre 1976 y 1983; con el mismo instrumento nefasto que había fabricado su padre; para luego ser arrojada al Rio de la Plata en los tristemente célebres “Vuelos de la Muerte”, muchos estiman que murió un poco antes del Mundial de Fútbol que se jugó en Argentina en 1978.
A la tragedia de un escritor y a sus contradicciones hoy sólo nos queda su obra y las estrofas de versos impregnados de melancolía que rezan:
“Al promediar la tarde de aquel día,
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga congoja de dejarte
lo que me hizo saber que te quería….”
Tal vez dedicados a su amor imposible.
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