Ellos están aquí

[Por Silvio Marcelo Dall’Ara]: El escritor Howard Phillips Lovecraft, atribuye al maldito libro de la ley de los muertos, escrito por el enloquecido árabe Abdul Alhazred, el siguiente fragmento:

“… Por su insano olor los conoceréis. Su mano os aprieta las gargantas, pero ni aun así los veréis y su morada es una misma con el umbral que guardáis. YogSothoth es la llave que abre la puerta, por donde las esferas se encuentran. El hombre reina ahora donde antes reinaban Ellos, pero pronto reinarán Ellos donde ahora reina el hombre. Tras el verano el invierno y tras el invierno el verano. Aguardan, pacientes y confiados, pues saben que volverán a subyugar la tierra…”

Subyace a este enigmático texto una revelación aterradora: la existencia de una edad pretérita en la cual la Tierra y otros planetas eran dominados por Demonios Primordiales, extrañas entidades que fueron desterradas por otras antagónicas de aquellas y que los antiguos llamaban Dioses Arquetípicos. Según la enigmática teogonía de Lovecraft, los Dioses Arquetípicos sorprendieron a los Demonios Primordiales transgrediendo el tabú que les vedaba el conocimiento del dogma y la práctica ritual de la magia abisal de los orígenes y se vieron obligados a enfrentarlos y vencerlos; pero como la eternidad es un atributo del mundo primigenio, no tuvieron más remedio que confinarlos en diferentes lugares del universo.

Aquellos que hollaban la Tierra, fueron encerrados en las regiones más profundas de sus entrañas o en las fosas abismales de sus mares remotos, ya despojados de su antiguo señorío. Las arcaicas tradiciones preservadas en tablillas de barro deformadas por el tiempo, refieren extraños nombres cuya grafía aproximada en español se escribiría como Azharoth, Chutlhu, etc.; las que a su vez originan diversas versiones fonéticas. Estos sonidos hipotéticos serían los nombres vedados de algunas de las entidades cautivas y encadenadas que, según cuentan las leyendas, se encuentran adormecidas por un sonido grave de vientos ejecutado en las entrañas de la tierra por un espíritu vigilante y cuya atroz música, imperceptible a los oídos humanos, las mantiene adormecidas.

Los miembros de Círculo afirman que, en las edades pretéritas de la Tierra, convivían diferentes linajes bajo la siniestra tiranía de los invisibles Primordiales. Eran las llamadas “razas menores” y conformaban un diverso conjunto de seres sojuzgados, entre los que estaban varias tribus de humanos primitivos, de ángeles grises y de híbridos gigantes; monstruosa mixtura de hombres con extravagantes entes. Algunas de las razas menores, cuando los Primordiales fueron confinados, decidieron permanecer ocultas en diferentes cavidades intraterrenas, temerosas del momento en el que los aberrantes tiranos se despabilen. Otras han logrado ocultarse en los espacios intersticiales por lo que son invisibles a los ojos, salvo que decidan mostrarse, o que por azar -no podría ser de otra forma- alguien descubra la clave.

Antes de la caída y el consecuente destierro de los Primordiales, algunas tribus humanas intentaron congraciarse con ellos para obtener el atributo de la eternidad. Según el oscuro pacto que estaban concertando, el precio que debían pagar consistía en ofrendar sangre pura de un inocente de su propia estirpe y así fue que, el dolor de sus hijos debía ser ofrecido en un holocausto ritual. La intervención de los Arquetípicos, aunque indiferentes a cualquier sesgo moral humano, impidió el atroz acuerdo; pero no impidió que estas tribus persistieran en conseguir su propósito llevando igualmente a cabo la abominación pactada. De esta forma se ganaron el desprecio de los demás hombres, aun cuando obtuvieron resultados parciales. Algún miembro de la estirpe maldita llegó a vivir novecientos años, otros un poco menos, pero nunca consiguieron la eternidad.

Las crónicas antiguas narran que aquellos irredentos fueron perseguidos, algunos dicen hasta su exterminio, pero otros sostienen que sólo los alcanzó el olvido. Con el paso del tiempo se llegó a pensar que aquellos humanos protervos habían sido eliminados poco después de que Shub-Niggurath, cuyo nombre se traduce como “la cabra negra de los mil retoños”, confinó a los Primordiales.

Para los antiguos del oriente, el episodio se conoce como la guerra de los dioses y culminó con un diluvio 12.000 años antes del presente. Gigantescos templos abandonados, quedaron como mudos testimonios de los poderes desterrados y así empezó la era de los hombres, que ocuparon las ruinas sin entender los signos tallados. La nueva progenie dominó la tierra, mientras las otras razas menores quedaron en sus cavernas y en los intersticios dimensionales, atrapadas en la creencia de que las entidades Arquetípicas como Shub-Niggurath y Yog-Sothoth, no vacilarán en destruir todo si despiertan los Primordiales.

La abominación fue tan lacerante que resultó difícil a los hombres, siquiera hablar de ella y poco a poco, aquella pavorosa realidad se fue difuminando en la memoria colectiva hasta transformarse primero en un vago recuerdo que luego devino en historias de hadas que encubrían el horror. Sin embargo, la casta de los antiguos escribas, tallaron en piedra y barro la memoria indigna de los malditos y consignaron la historia abyecta con signos oscuros y alegorías inentendibles para los profanos. Sólo algunos de sus miembros elegidos podían descifrar y transmitir a otros pares aquella indignidad y lo hicieron durante siglos, atentos para impedir que se repita la oscura profanación de la vida. Pero pasaron los años, los siglos y los milenios hasta que la historia fue olvidada por el vulgo. Cuando se extinguió la estirpe de los escribas quedaron los signos crípticos en las piedras de los templos y en algunas tablillas, preservados de la curiosidad humana por el olvido.

Fue en el siglo XX, en la década del treinta, que los arqueólogos desenterraron centenares de tablillas de barro encontradas en Lagash. El traficante Wallis Bugde vendió a un oscuro profesor italiano del que sólo se conoce que se llamaba Aurelio, tres tablillas por unos cientos de dinares iraníes. Lingüista y matemático, Aurelio pudo descifrar algunos pasajes, encontrando similitudes con el libro de la ley y una incongruencia llamativa en su datación. Fue entonces que alertó a los miembros de círculo, enviando una carta antes de su inesperada muerte.

“Ellos están aquí…” comenzaba la misiva “…y siempre estuvieron…” continuaba. “Son como las serpientes en el desierto que se ocultan en la arena. Se han infiltrado desde siempre en los templos y palacios del mundo. Buscan conjugar en vano los elementos que despertarán a sus amos abisales: el sacrificio de sangre inocente y la invocación sagrada del libro de los muertos. Son trece las tablillas del Necronomicón primigenio y tengo en mi poder sólo a tres de ellas. Nadie sabe dónde están las restantes, ni tampoco quién tiene las últimas versiones traducidas del Necronomicón, pues todas las mencionadas por HPL desparecieron. Ellos se agrupan en logias malditas y de manera permanente ofrendan sangre desde hace siglos. Estuvieron entre fenicios adoradores de Baal, entre cartagineses adoradores de Moloc, entre los sacrificios de los celtas y sus druidas, entre griegos que veneraban a Cronos, o romanos que temían a Saturno; también estuvieron en la américa ancestral con sus entierros rituales, fueron y son Patriarcas infanticidas y clérigos perversos; fueron y son reyes que decretan la muerte; son los que extenúan a los niños en las minas de Inglaterra o los modernos ‘Magus’ laicos que sacrifican en todo el mundo la pureza de los vientres con finas dagas en altares de acero pretendiendo un sortilegio más intenso…”.

A la carta de Aurelio le falta una parte del papel consumida por el fuego, al parecer sobrevivió a un incendio. En los tramos finales se puede leer: “…pero no pudieron replicar la invocación contenida en el libro de la ley y por ello lo buscan con desesperación para terminar el opus nigrum. No se dan por vencidos y de forma permanente y silenciosa, siguen ensayando en sus secretos templos malditos fórmulas esquivas. Hora tras hora y día tras día, repiten infinitas combinaciones de la negra plegaria que todavía ignoran y que estos vasallos del inframundo buscan con desesperación…”.

La carta parece continuar, pero el resto del papel se ha quemado. Lovecraft y su círculo sabían que era cuestión de tiempo, para que llegue el tiempo que todavía no ha llegado, mientras en lo profundo de la tierra, un extraño rumor se insinúa a la planta insensible de nuestros pies. (Silvio Marcelo Dall’Ara)

A MODO DE ADENDA
Escribí este relato como un homenaje a un autor que me parece fascinante, Howard Phillips Lovecraft (1890-1937). No deja de ser irreverente apropiarse de un universo ajeno, pero me consuela saber que el propio escritor de Providence instaba a sus amigos a enriquecer el mundo que había creado. Quienes somos lectores, a veces encontramos en algunos libros (parafraseando a Borges) los símbolos que nos tiene reservado el destino. Es precisamente lo que encontré en los escritos de Lovecraft. El relato que propongo, a modo de falsa crónica, hace referencia a uno de los libros ficticios más citados en la literatura; cuya importancia no radica tanto en sus hipotéticas páginas sino en lo que provoca a los lectores que nos enteramos de su presunta existencia. Como un moderno Hesíodo, Lovecraft nos invita a ingresar a un universo infinito cuya Teogonía él ha imaginado, dejando claves y pistas para que la descifremos. El breve texto que hoy propongo es una segunda versión (espero que mejorada) de uno que publiqué hace muchos años en el antiguo diario “El Peso”. Se dice que escribir siempre beneficia a quien lo hace, aunque no necesariamente a quien lee lo que se ha escrito. Espero que éste no sea le caso. [Silvio Marcelo Dall’Ara]

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