«Es asilo inviolable de los perseguidos y sepulcro de los difuntos ilustres. Es la ciudad dentro de la ciudad, el núcleo intelectual y moral de la colectividad, el corazón de la actividad pública, la apoteosis del pensamiento del saber y del arte.»
Esta frase la escribe Fulcanelli en su libro «El Misterio de las Catedrales«. ¿Quién ha sido o es Fulcanelli? Hasta la fecha no se ha logrado averiguarlo y todo intento de contestar esta pregunta se redujo a meras conjeturas sin sustento sólido. Sólo se puede tener una idea de su personalidad, a través de sus dos obras, en las que sostenía que, las catedrales góticas (como las de Notre Dame de París y Chartres) y los grandes castillos medievales habían sido construidos, siguiendo un orden secreto instituido por grandes maestros alquimistas. Es evidente que Fulcanelli tenía un gran conocimiento del arte oculto y siguió un exhaustivo rigor formal en el desarrollo de sus libros para exponer su tesis: que los monumentales templos cristianos contenían los símbolos correspondientes al código alquímico secreto, que sólo los iniciados podían descifrar. En otras palabras, estas iglesias y algunos castillos medievales, constituían un casi indescifrable lenguaje críptico de piedra; cuyos caracteres están, aún a la vista de todos, preservados de la curiosidad profana.
Sus libros aparecieron en una época poblada de misterios y conspiraciones, políticamente inestable, en la que se estaba germinando la mayor tragedia que la humanidad sufriría unos años después (la segunda guerra mundial), lo esotérico ganaba las mentes de los jóvenes al mismo tiempo que se estaban produciendo en física y matemática los mayores logros de todos los tiempos; surgió la teoría de la relatividad propuesta por Albert Einstein, las teorías cuánticas cultivadas por varios físicos de renombre como Niels Bohr, las teorías que culminarían con la bomba atómica, etc., etc., etc. La literatura no era ajena a ese paradigma cultural y surgían obras extrañas y bellamente simbólicas como “El Golem” de Gustav Meinrick, “El Pueblo Blanco” de Arthur Machen o las extrañas fantasías de Howard Phillips Lovecraft y sus “Mitos de Cthulhu”. También se ponían en boga mitos populares, delirantes y para muchos apócrifos (aunque inquietantes) heredados del siglo XIX que referían conspiraciones hechas en secretos sínodos en el cementerio de Praga.
En este contexto, aparece (o reaparece, según se crea o no las fábulas circulantes a principios del siglo XX) un alquimista llamado Fulcanelli, lo que no desentonaba con la época y desde su mismo nombre -síntesis cabalística de Vulcano y Helios- generaba un halo de misterio. Según quienes dicen haberlo conocido, entre ellos, su prologuista Eugenio Canseliet, quien declaró que habría nacido en 1839 y fue visto nuevamente en 1950 a sus 110 años con un aspecto atemporal como si el tiempo no hubiera transcurrido para él. Le adjudican por ello haber encontrado la forma de obtener la “Piedra Filosofal”, fuente de oro y de la eterna juventud.
Lo cierto es que adjudicaron la identidad del misterioso alquimista a numerosas personas, empezando por los amigos Eugenio Canseliet y Jean Julien Champagne, al astrónomo Camile Flammarión, al fundador de la Escuela Teosófica René Adolphe Schwaller de Lubicz, al físico francés Jules Violle, al mítico Conde de Saint Germain y al mismísimo Nicolas Flamel. Una de las últimas teorías es que Fulcanelli en realidad sería una sociedad secreta antiquísima cuyos miembros se van renovando por siglos y que, a la muerte de alguno de ellos ingresa otro que lo sustituye, al que fueron preparando por años sin que el adepto lo sepa hasta que llega el momento de su iniciación.
La sociedad ¿fundada? por Fulcanelli -según el prologuista de su primer libro y el ilustrador- es a quien el alquimista dedica sus obras. Esta sociedad se conoció como los “Hijos de Heliópolis”. Heliópolis fue una ciudad del antiguo Egipto ubicada al oeste del Nilo y cuyos orígenes son anteriores al año 3000 antes de Cristo. Era una ciudad dedicada al culto solar que fue visitada por Pitágoras, Platón, Solón y Eudoxo de Cnido, que fueron iniciados en el culto de la ciudad por los sacerdotes de Heliópolis. La ciudad fue invadida por griegos, persas y romanos y los custodios de sus tradiciones se refugiaron en Alejandría. Curiosamente, los primitivos habitantes que quedaron, los coptos, adscribieron al cristianismo primitivo (también considerado un culto solar por los estudiosos de la tradición ocultista) y tuvieron un destino de muerte y persecución. El idioma copto es una derivación del demótico y los coptos son considerados los verdaderos descendientes de los egipcios y los primeros en adoptar al cristianismo primitivo.
Fulcanelli, el alquimista que en sus dos obras conocidas «El Misterio de las Catedrales» y «Las Moradas Filosofales» traduce en el siglo XX el simbolismo de las piedras de los templos y para quienes están preparados para interpretar sus palabras (eruditas y tan simbólicas como las piedras mismas), profetiza la reunión de los fráteres eclesiales y seculares de un antiguo culto encriptado en el seno de la iglesia y divididos con la caída del Temple. Lo que no se sabe, aunque algunos lo intuyen, es si esa reunión no formaría parte de otra profecía que anuncia la llegada de una era presidida por un oscuro y falso mesías, anunciado por quien fuera el más querido discípulo de Jesús en el libro de las revelaciones.
| Fragmento del artículo «La Conjetura Fulcanelli« de Artemio Gris de próxima aparición en «El Peso». Artemio Gris es el nombre de pluma de uno de nuestros investigadores periodísticos de la sección «13 Misterios». |




Deja una respuesta